El padre como mayordomo
Los hijos son una bendición que muy pocos padres valoramos. En el Salmo 127:3 afirma que son “herencia de Dios”. Es decir, le pertenecen a Dios. Sin embargo, hay muchos padres que los pelean en los juzgados como que si fueran su propiedad. Injustamente y egoístamente miles de niños y niñas terminan condenados a vivir el resto de su vida sin su papi o su mami. En nuestra sociedad se maneja el absurdo estereotipo que los papás no son capaces de criar adecuadamente a sus hijos y casi siempre terminan otorgando la custodia a la mamá. El gobierno no tiene derecho alguno de definir la disciplina corporal sabiamente administrada como “abuso infantil” o que permita a los niños “divorciarse” de sus padres. Nuestros hijos son de Dios y si nos los dio fue porque él vio en nosotros las habilidades y capacidades perfectas para darle el amor y el cuidado que ellos necesitan. Obviamente existen aquellos padres que rechazaron esa herencia, abusan de sus hijos y los consideran una carga, etc. Dios nos dio a los padres la responsabilidad principal y la autoridad para educarlos en todas las áreas, en el bienestar físico, social, emocional y espiritual. (Deuteronomio 4:9; 6:1-9). Fuimos ordenados como mayordomos para ellos. “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. 4Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:1-4). Un mayordomo es el responsable de diversas tareas. Como tal, él es responsable de supervisar las tareas diarias que se asignan a los demás. Por eso el padre tiene la autoridad para supervisar, controlar, revisar, vigilar, observar, fiscalizar, examinar, intervenir que hacen sus hijos. Es la persona responsable de comunicarse con el empleador en términos de qué es lo que se necesita hacer. Lamentaciones 2:19 “Levántate, da voces en la noche, al comenzar las vigilias; derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor; alza tus manos a él implorando la vida de tus pequeñitos”.
Lamentablemente esta es una tarea que muy pocos padres tomamos en cuenta: la oración. Estamos demasiados ocupados en nuestro trabajo, en los negocios, o en el facebook, o simplemente estamos cansados y que “hueva” hablar con Dios. El mayordomo también es responsable de la limpieza. En el caso que un ama de llaves se ausente, el mayordomo puede ser responsable por la limpieza general, por ejemplo sacudir, aspirar, entre otras. Salmo 17:8-9 “Guárdalos como a la niña de tus ojos; escóndelos bajo la sombra de tus alas, de la vista de los malos que los oprimen, de sus enemigos que buscan su vida. El tiempo que estamos viviendo hoy es un tiempo de muerte y nuestros hijos están clamando un padre con estas características y si no hacemos algo por ellos los estamos condenando a su suerte. El mayordomo también tiene la responsabilidad de la alimentación. 1 Timoteo 5:8 afirma que “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”. Debemos a comenzar a ser responsables de proveer a nuestros hijos no solo alimentación, sino también, vestuario, medicina, etc. El mayordomo también es responsable del mantenimiento y reparación de la casa, cambio de un foco, una tubería, que no requieren el llamado de un profesional. Eso es exactamente lo que nosotros como padres debemos hacer en el hogar. El ejemplo es la mejor forma para darle mantenimiento a las áreas del alma de nuestros hijos, reparar con disciplina –cuando fuese necesario- sus errores (Proverbios 29:15) y formarlos cada día hacia la madurez. Seamos una generación de padres de familia nueva y diferente. Hagamos a un lado el orgullo, el rencor y el resentimiento y démosle una oportunidad a nuestros hijos. Si entendemos que somos mayordomos, es decir, servidores de Dios, entonces comenzaremos a ver a nuestros hijos como una bendición del Señor, de un valor más allá de lo que puede medir la capacidad humana, y por lo tanto los valoraremos como dones preciosos.

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